EL HOMBRE EXISTE SOLO PARA QUE EXISTA EL SUPER HOMBRE.
Por Waldemar Verdugo Fuentes.
En 1983 fue mi primera visita a Tepoztlán,
invitado por Editorial Katún a presentar el libro “La Infinita” de la escritora
chilena Eugenia Echeverría; entonces viví la experiencia maravillosa de
dirigirme al poblado de Tepoztecatl a viva voz desde el Kiosco de la plaza
principal del pueblo, para hablarles de la lejana literatura chilena. No fue
cosa fácil capturar la atención de los vecinos presentes, sólo luego de mucho
hablar, supe que lo había logrado cuando vi el rostro sonriente de la editora
Consuelo Moreno, una de mis mecenas mexicanas. Mi segunda visita a Tepoztlán
fue de la mano de mi amiga Morena Monteforte, inmortalizada su historia en la
novela “En Donde Acaban los Caminos”, de su padre el destacado escritor
guatemalteco Mario Monteforte Toledo, quien luego de ser exiliado de su natal
Guatemala, y después de una errancia por países europeos, con su familia eligió
México para vivir: Morena, con su bagaje Maya a cuestas se adaptó de inmediato
al mundo mágico Tepozteco. Publiqué después:
Llegamos a su casa, y junto con la caída del
sol de la mano de Morena hicimos lo que veníamos a hacer: el rito de
celebración que iniciamos con una visita al Hermano Pedro, sabio nacido y
criado en Tepoztlán que tiene la virtud de conocer los secretos de las piedras,
las flores “limpiadoras” y su aplicación en el hombre. Le llevamos como ofrenda
una candela blanca, azúcar, harina y un kilo de huevos, que aquí como en todo
México los huevos de gallina se venden por peso y no por unidad como en el
resto de América. Nos recibe con gran amabilidad y nos ofrece entrar a su
humilde morada, una casa de madera con piso de tierra cubierto con petates y
una espléndida alfombra tejida con hilos vegetales de colores claros, especialmente
tonos amarillos, verdes y blancos. Todo muy ordenado. Llama mi atención que el
pequeño hijo de Morena, Demián, apenas llegamos se instala muy cómodo en un
petate y duerme hasta el final del rito que me acercó al mundo ancestral de
Tepoztlán.
Luego de una ceremonia singular el Hermano
Pedro coloca un trozo de jade verde casi negro con forma de corazón en el
centro de mi cabeza, exactamente en nuestro círculo de agua, “que es un centro
energético por el cual nos comunicamos con lo alto. Ahora te vas a comunicar
con la Tierra” dijo. Siempre debo estar
de pie, unas tres horas, que transcurren en un instante, mientras el sabio
prepara flores y a ratos con un manojo de ellas frota todo mi cuerpo, siempre
vestido pero con mis pies descalzos; distingo geranios blancos y siemprevivas
amarillas. Luego quema esas flores en el comal del cual brota una suave línea
azul de humo del copal que ha agregado. Morena Monteforte me explica que las
flores las elige por su función y colores. El Hermano Pedro, a medida que va
seleccionando sus manojos va recitando una letanía, como hablando con las
flores; rara vez habla con nosotros aunque se expresa perfectamente en español,
pero su canto es en lengua tepozteca. Todo transcurre en perfecta armonía.
Nadie más acompaña al sabio, quien nos dice: “Esta casa es un templo, porque la
tierra entera es un templo. Los templos no son solamente para recitar plegarias
y hacer limpias. Su ubicación indica puntos de unión para los cuatro elementos
y para las fuerzas de la tierra y el cielo. Son útiles para devolver al hombre
común el equilibrio físico, pero existen primordialmente para devolver, al que
pretende un camino espiritual, la salud sicológica: la unión en él de las
cuatro conciencias, la desaparición de la personalidad, el nacimiento del Yo,
Uno, la semilla del superhombre que se siembra en nuestros bosques sagrados”.
Cuando termina el rito chamánico me es entregado el pequeño corazón de jade que
arde de puro calor, lo que nunca aprecié todo el tiempo que estuvo reposado en
el centro de mi cabeza: lo tomo casi quemando mis dedos y lo guardo en un
pañuelo blanco que me ha regalado Morena para tal propósito.
Ya estábamos preparados para la bienvenida
de Tonatiuh a Quetzalcóatl. A las cinco de la mañana nos encaminamos a las orillas
del valle de Amatlán, donde Tepoztlán es anunciado por el majestuoso Tepozteco
y su conjunto de formaciones rocosas con extrañas formas secretas: aquí
asistimos a la conmemoración del 150 aniversario del natalicio de Ce Acatl
Topiltzin Quetzalcóatl. El ambiente mágico lo inicia el curandero mayor del
pueblo quien adecua en sus palabras la lejanía cronológica del rito náhuatl, al
entendimiento de los contemporáneos popolocas (los que no conocen su origen)
reunidos aquí, en la cúspide de la pirámide de Cinteopa, deidad del maíz, semi
oculta por los años y la maleza. Los cirios blancos encendidos al inicio de la
caminata a este lugar, son colocados ceremoniosamente en el altar central, se
habla de Dios, del espíritu santo y de la sabiduría de Quetzalcóatl, quien
regresará. Hay fervor por apropiarse de este culto náhuatl desde la perspectiva
y los sentimientos del mexicano de hoy, despojado de los atavismos del
folklore. Viene la reflexión luego que se nos indica recibir la energía cósmica
con las palmas de las manos apuntando unos instantes sensitivamente a los
cuatro puntos cardinales. Pasan los minutos: cinco, diez, veinte, no hay forma
de precisarlos pues el tiempo cósmico es el que rige. Caigo en un extraño sopor
que me lleva a otros sitios y otras emociones que guardo en mi corazón; la mano
del curandero toca mi frente y salgo de mi dormitar al tiempo que miro al
Oriente y un rayo de Sol nace entre las montañas, baña el altar y es ocultado
instantáneamente por una nube: Tonatiuh (el Sol) ha dado la bienvenida a
Quetzalcóatl.
Nos dice la maestra Morena Monteforte: -La
Tierra es un ángel que vuela en el espacio; que tiene como nosotros cuerpo,
alma y espíritu; que ha producido sus minerales, sus vegetales, sus animales y
sus hombres; y que produce continuamente, en cuerpos de energía, sus
superhombres. La esencia de cada una de las humanidades que han pasado produce
lentamente, en los siglos, los héroes, los superhombres o los dioses de un
Olimpo generados por la Tierra, que solamente intervienen en la historia humana
cuando la estupidez de los hombres o los cataclismos cósmicos o telúricos ponen
en peligro la evolución del planeta. La única finalidad del hombre de la Tierra
es intentar el proceso que puede transformarlo "de ánima viviente en espíritu
vivificante". Sólo así será el héroe que podrá contribuir a la integración
del superhombre. En todo el planeta las montañas sagradas de cumbre piramidal
han sido siempre los templos de la Tierra. Sus masas de roca, homogéneas desde
grandes profundidades, se convierten en antenas que condensan las fuerzas
telúricas de los cuatro elementos y las fuerzas astrales que reciben por las
cumbres. Rodeadas de bosques sagrados, encierran las cavernas en las que surge
el agua pura de las tinieblas. Estamos recorriendo los ciento ochenta últimos
años de nuestra Edad y de nuestra humanidad: la quinta de la Cronología
Tradicional. Este período ha empezado en 1957 y terminará en 2012, lo que no
significa un final sino un principio en ascenso del genio humano que se remonta
definitivamente y coloniza nuestro espacio solar el año 2137. Todo lo que ha
estado oculto debe salir a la luz. Es la promesa para estos días cuando los
templos sagrados están abriendo sus puertas -dijo ella.
Esos templos eran las montañas sacras que
estaban rodeadas por bosques de encinas, de árboles tánicos. En Tepoztlán
aparecen todos los elementos de la leyenda: el bosque sagrado, la montaña
tallada, los monstruos que la guardan, el héroe que vence todos los peligros
para llegar, la tradición que lo acompaña y el tesoro eterno que descubre ese
héroe en el corazón de la piedra. El bosque sagrado, en esta región de
Tepoztlán es una realidad histórica. Sabemos que se trataba de un bosque de
árboles tánicos de una gran antigüedad, pues hay en la comarca fósiles grabados
con las pequeñas hojas y ramas de esos árboles. Sabemos también que los
españoles encontraron en el valle una industria floreciente: los indígenas
curtían los cueros con el tanino de las encinas. El bosque rodeaba las montañas
extendiéndose hasta Cuernavaca. Cuando Cortés preguntó por el nombre del lugar
que había elegido para su asentamiento, los naturales no se lo dieron. Los
invasores traían otra religión. Dar el nombre hubiera sido lo mismo que
entregar a sus dioses. Dijeron "Cuauhnahuac", que significa
"junto al bosque"; y esta palabra, que afirmaría para siempre la
existencia de un extensísimo bosque de treinta kilómetros de diámetro, se fue
transformando en "Cuernavaca, en la linde del bosque" sagrado
destruido; desapareció con los sacerdotes y las procesiones, pero los dioses
quedaron en los ritos nocturnos, en las rocas esculpidas y en el corazón de la
sabiduría de vecinos de Tepoztlán que impiden la llegada al Tesoro a quien no
debe llegar a él. El Tesoro nunca ha sido encontrado. ¿Cuál es ese tesoro
misterioso y secreto, de tanta importancia? Dijo el Hermano Pedro: “El Tesoro
es la sangre misma en el cuerpo vivo del hombre. La Tierra es un dios para los
griegos y un arcángel para el pensamiento cristiano. Ha creado por sí misma,
con la energía que la impulsa alrededor del Sol, sus cuatro reinos: mineral,
vegetal, animal y humano, y crea, seguramente, su quinto reino de superhombres
o dioses andróginos, en cuerpos de energía pura invisible e incomprensible para
los hombres, en cuya imaginación no hubieran aparecido si no existieran”.
Tradicionalmente en Tepoztlán la más alta expresión de la evolución de la
Tierra es la sangre del ser más importante que ha producido en el mundo físico
químico. Nuestra sangre es la síntesis de la evolución de sus cuatro primeros
reinos. Si la sangre del hombre desapareciera, la Tierra tendría que comenzar
de nuevo su evolución interrumpida. El Hermano Pedro dice: “Los dioses no
pueden permitir que desaparezca el hombre sobre la Tierra. La única razón de la
existencia de las humanidades que han sido y de las que serán es que son
siempre el caldo de cultivo en donde nacen los dioses o en donde se produce una
calidad de energía para esa finalidad. Una calidad de energía que también
pertenece a los otros reinos, que aquí conocemos. El hombre transforma su
cuerpo en espíritu, su materia en energía. Es la única forma en que puede
terminar el largo camino que va del animal al superhombre. Vamos de animales
vivos a espíritus vivos”.
Es cierto que también para el sabio
cristiano San Pablo la sangre es espíritu. En Tepoztlán, esta sangre eterna
está simbolizada en el jade del corazón de la montaña sagrada Chalchiuhtepetl,
llamada familiarmente “Chalchi”. En su interior reposa el chalchihuitl, la
“piedra verde de la vida”. Cuenta la leyenda que el héroe Tepozteco al igual
que Quetzalcóatl fue concebido cuando su madre halló en el suelo un
chalchihuitl y guardándolo en su faja quedó preñada. Desde entonces el jade es
el símbolo de la fecundidad de la Tierra, la continuación de la simiente
humana. El símbolo del renacimiento que se sobrepone a la catástrofe
inevitable. Lo que para el planeta es una sacudida necesaria, para los seres
que pueblan sus tierras y sus mares es una verdadera hecatombe: puede
desaparecer la humanidad y con ella la sangre del hombre. Incluso si la
humanidad no desaparece, aunque se salven grupos humanos, la obra del hombre
sobre la Tierra queda destruida y una nueva humanidad requiere algunos siglos
para reproducirse y volver a establecerse dominando a los animales salvajes y a
las fuerzas naturales. Nuestra quinta humanidad deberá también cumplir su
destino. Quizás si esta vez lograremos estar instalados ya en otra estrella. Es
cierto que el cuerpo de la Tierra tiene como el nuestro sus órganos internos y
sus órganos de expresión externa. Vemos sus mares y sus ríos, sus desiertos y
sus montañas, sus nieves eternas y la vegetación lujuriante de sus trópicos. No
vemos su corazón pero conocemos sus volcanes y géiseres. No vemos nuestra alma
pero la vivimos y la reflejamos en nuestras obras de arte. Lo que llamamos
nuestra voluntad de imaginación en la Tierra somos nosotros mismos, su obra más
perfecta. Gira sobre sí misma a mil seiscientos sesenta y seis kilómetros por
hora y vuela alrededor del Sol a más de ciento cinco mil kilómetros por hora.
No podemos saber cual es la velocidad del Sol que la arrastra por la Vía
Láctea. En cuanto a nosotros, la Tierra es nuestra madre. Nada más natural que
buscar en ella misma nuestros templos, aunque la Tierra misma es el verdadero
templo. En ella está la fuerza que nos viene desde el nacimiento para
acercarnos a esa perfección natural expresada en la inteligencia humana. La
primera diosa de la Tierra es la diosa de la fecundidad. La segunda es la
muerte. Aquí nacemos unidos a las dos grandes diosas que se cantan desde los
mitos antiguos, son las dos santas mujeres de los mitos cristianos: la
fecundidad que le da la vida, y la muerte que, desintegra en la tierra todo lo
que pertenece a nuestro mundo, le permite superarlo y, en alguna medida hacerse
inmortal al volver a ella. Entre tanto los héroes, nuestros superhombres de las
artes, las ciencias, los deportes, en nombre de toda la humanidad realizan su
obra a manera de ofrenda al poder humano, escribí en revista Vogue.
"Tepoztlán" es el lugar donde hay
mucho hierro o cobre, sus raíces etimológicas provienen de tepozt tli,
"hierro o cobre", y tlan o "abundancia", significando
"lugar donde abunda el hierro o cobre". También de su suelo brota
especialmente el jade: el valle está en la ruta del jade. Dominado por dos
volcanes piramidales el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, la mujer dormida, el
valle de Tepoztlán conserva la memoria de reyes muy antiguos y los secretos y
templos de una humanidad olvidada que fue barrida por el Diluvio anotado en la
Biblia. Aquí se dice que el centro del antiquísimo México no desapareció bajo
las aguas, y que las expresiones de la alta filosofía y la elevada religión que
antes imperaban quedaron talladas en las montañas, defendidas de la destrucción
conquistadora por un silencio sagrado, con su propia flora y fauna autóctona.
La flora está constituida principalmente por bosques de pino encino, y se ven
hermosos cañaverales que nacen libres de todas las quebradas, entre los que
brotan una inmensa cantidad de flores que otros se dedican a contar y enumerar;
lo común en su fauna la constituyen el venado cola blanca, mapache, zorrillos,
ardillas, ratón de los volcanes, puma o león americano, codorniz Moctezuma,
gallinita del monte, paloma bellotera, urraca azul, jilguero, mulato floricano,
primavera roja, víbora de cascabel y víbora ratonera, ranas y lagartijas.
Hoy, entrando en el siglo XXI, la población
tepozteca es de poco más de 30 mil habitantes, que viven principalmente de la
floricultura, complementada con actividades agrícolas y artesanales, comercio y
servicios que prestan a la extraordinaria cantidad de población flotante,
formada principalmente por artistas y bohemios que dan una rara atmósfera al
sitio, pues se unen en extraña comunión a los arqueólogos y quienes vienen a
“descifrar” los misterios de Tepoztlán: sitio fabuloso entre otras cosas por el conocimiento que del uso de hierbas
medicinales mantienen sus vecinos, quienes las cultivan con riguroso cuidado
entre las flores y las piedras. También son habituales los investigadores de
extraterrestres que ubican en el sitio una confluencia de energías que lo hacen
sitio asiduo de fenómenos, así como aquellos que llegan a visitar a sus
“limpiadores” y brujos que en Tepoztlán son legendarios. Tepoztlán se conserva
hoy como estaba en 1529, cuando asolaron los conquistadores. La familia sigue
siendo el núcleo de convivencia a partir del cual se inicia la sociedad
tepozteca, que comunalmente esta constituida por ocho grupos o barrios repartidos
en el lugar, cada uno con sus propios líderes, castas sacerdotales, astrólogos
y obreros. Son frecuentes aquí las celebraciones de festividades religiosas de
fuerte tradición indígena, y cada barrio hace dos o tres fiestas anuales, en
que destaca la que ofrecen a la deidad protectora del barrio.
La festividad común a los habitantes es su
popular carnaval, que se celebra cada año durante tres días (Domingo, lunes y
martes previos al miércoles de Ceniza), cuando los mejores bailarines forman el
espectacular grupo de Chínelos; hombres vestidos con túnicas de terciopelo
bordado en chaquira que llevan magníficas máscaras con barbas de cerda y ojos
ricamente pintados. Una de sus danzas, el brinco, la animan con música de
tambores, flautas, gritos y silbidos que a uno le transportan a una escena viva
de la colonia; otra de sus fiestas es conocida como la de Los Peregrinos de la
Santa Cruz, el 3 de mayo, donde sobresalen los bailarines del grupo Los
Costeños, provenientes del pueblecito de San Miguel Almaya del Estado de
México. Durante la fiesta se llevan a cabo varias ceremonias. Se iza la bandera
a hora temprana, hay misa a media mañana y se intercambian presentes entre las
gentes de las localidades. Lo que más llama la atención es la danza callejera. Por
ser muy fatigoso, el baile corre a cargo de los hombres y niños, que llevan un
traje campesino blanco de algodón y un pañuelo o paliacate rojo atado al
cuello; la fiesta une a gentes provenientes de toda la región que se
intercambian presentes y bailan por las calles ofreciendo al público que
aplaude su paso charolas llenas de galletas, tamales, golosinas y un rico licor
de flores originario de Tepoztlán que todos reciben con alegría; la celebración
culmina con la "quema del castillo", que es un espectacular palacio,
homenaje a la imaginería popular, perfectamente construido con cañas en cuyo
interior va depositada la pólvora que se incendiará poco a poco y consumirá
todo en llamas: de las cenizas del incendio nace el buen augurio que aleja el
mal allegando el bien que todo lo sana.
El siglo XVI impregnó con su arquitectura
religiosa a Tepoztlán. Uno de los edificios más representativos es su Ex
Convento e Iglesia de los Dominicos: en estado de restauración desde hace años,
el inmueble dominico hoy cumple funciones muy importantes en el pueblo, se ha
convertido en el centro cultural más importante de la región, con un Museo
Histórico, un Centro de Documentación y una librería muy bien provista. El
conjunto arquitectónico de estilo medieval, declarado Patrimonio de la
Humanidad en 1994 por la Organización Mundial para la Educación, la Ciencia y
la Cultura (UNESCO), se compone de la parroquia, dedicada a la Virgen de la
Natividad, el atrio (capilla abierta con sus cuatro capillas posas) y el
convento, que es resguardado desde 1939 por el Instituto Nacional de
Arqueología e Historia de México (I.N.A.H.). Hasta ahora se ha restructurado,
limpiado e integrado la pintura mural de la planta baja, destacando el salón De
Profundis, se adaptó la cocina como librería, y se limpió el portal de
peregrinos. En lo que fuera el claustro alto se recuperó el mirador, se
adecuaron las celdas que ocupan el Centro de Documentación y el Museo
Histórico, donde se exhibe la historia de la región con piezas y temas que la
comunidad recopiló a través de encuestas vecinales. Estructuralmente el
inmueble se encuentra en buen estado, se ha atacado la humedad, resanado e
impermeabilizado las bóvedas, aplanado las paredes con técnicas antiguas y
materiales similares, como la baba de nopal y arcillas de tierra de la zona.
Entre las formas y figuras que se observan en las paredes del Ex Convento,
pintadas en diversas etapas, están los anagramas de la orden dominica y la
Virgen María, las imágenes de Fray Domingo de la Anunciación, figuras fantásticas
vegetales que son como flores con vida propia y animales plasmados en rojo y
negro, e incluso siluetas de soldados dibujadas durante la Revolución. Es un
recinto espléndido; en la lectura propia a los muros se sienten los 400 años de
su historia, que en Tepoztlán es hablar de ayer. Sin embargo, hasta 1934,
cuando el I.N.A.H. interviene, no existían archivos históricos sobre Tepoztlán,
y el equipo multi disciplinario del Ex Convento ha continuado hasta ahora la
tarea de recopilar la historia del pueblo, a través de la memoria oral y la
investigación de archivos rescatados, buscando incentivar las investigaciones y
crear un acervo sobre la historia, antropología y literatura de la localidad.
Se pueden ver materiales donados por la comunidad, reproducciones de textos
históricos, artículos y libros rescatados de diversas bibliotecas públicas y
particulares acerca de los pueblos del municipio, muebles, trajes de danza, así
como fotografías. La biblioteca cuenta con una confortable sala de lectura con
vista a las montañas, para que el visitante disfrute de la historia tepozteca.
Cerca de 10 mil visitantes, entre grupos escolares y público en general, acuden
mensualmente al Museo Histórico, inaugurado en noviembre del año 2000. A través
de cinco salas pueden conocer el hábitat y la población; la economía; la vida
cotidiana; la religiosidad popular y las fiestas sacras de la comunidad, con la
guía de alguno de los promotores culturales, jóvenes de la localidad
capacitados para atender visitantes. La ordenada museografía es de Víctor Hugo
Jasso, con guion de Marcela Tostado Gutiérrez, escrito en primera persona para
que el público se lleve una idea del lugar que visita desde la perspectiva de
los tepoztecos.
Desde las puertas del Ex Convento hasta el
zócalo se instala el mercado o tianguis, se realizan las concentraciones
políticas o religiosas, los actos culturales y todo cuanto relaciona a los
vecinos. Especialmente los días domingo y miércoles, cuando hay mercado, y se
ve repleto de campesinos, moradores del pueblo y de sus cercanías. Acuden ahí a
vender sus productos del campo, artesanías hechas en piedra y madera, bordados,
tejidos y una increíble variedad de frutas. Los artesanos de los alrededores
vienen a pie, a caballo o en camiones transportando su mercadería. La gente de
la región ofrece sandalias o huaraches de piel finamente curtida y artesanal,
también bolsos y otros trabajos manuales en piel. Vemos bellos trabajos en
tejido de junco, cestos, abanicos, petates, juguetes muy graciosos y absolutamente
inofensivos para los niños. Se ven grandes canastas repletas de semillas y toda
clase de productos agrícolas. Otros artesanos ofrecen una gran variedad de
caprichosas esculturas hechas a base de raíz de árboles: tienen una marcada
similitud con otras que he visto en los pueblos costeros chilenos hechas con
corales y raíces de cochayuyo y otras algas marinas; sin embargo, aquí en
Tepoztlán no se ve producto alguno del mar. En otro sector del tianguis se
amontonan animales diversos como terneros, ovejas, gallinas, pavos e iguanas.
Lugar importante ocupan los vendedores de hierbas, que las expenden con
finalidades específicas, y siempre con humildad y gentileza inclinados a
explicar detalladamente la función y preparado de cada planta. Aprendo de Doña
Pamela y su hija Pamela Segunda, expertas en plantas y vecinas del Hermano
Pedro: durante varias horas con la mayor dedicación me permiten tomar notas y
fotografiar algunas de sus plantas, que son un centenar; vaya en recuerdo de la
amabilidad de los pueblos mesoamericanos esta mención escasa a Doña Pamela y
Pamela Segunda, sabias tepoztecas.
Además de lo que se ve en el mercado, el
comercio en Tepoztlán tiene otro lugar de referencia: pequeñas tiendas
selectas, donde se expenden objetos y artesanías elaboradas en plata, obsidiana
y jade. Aquí encontramos una relación constante entre el hombre y la piedra. Se
repiten las antiguas tradiciones en las que las piedras son los huesos de la
tierra y se convierten en hombres para poblarla. Nos dijo el Hermano Pedro: “Todos
los grupos humanos que se salvaron del Diluvio universal salieron de las
cavernas de piedra en las que se albergaron, pero esta no es la única razón
para la creencia de que los hombres se vuelven piedras y de que la piedra
adquiere vida humana o tiene vida en si misma. En lo más hondo de estas
tradiciones está la realidad alquímica: la tierra es para nosotros, con sus
cuatro elementos, la fuente de la vida. Los minerales no solamente tienen vida
sino son bisexuados. El proceso alquímico producido por el alquimista, es,
abreviado, el proceso natural de los minerales que, bisexuados, se unen y
engendran como los vegetales y los animales, pero en condiciones subterráneas y
en un largo plazo, que hacen casi imposible la observación científica del
fenómeno. La piedra de vida es siempre el jade en las tradiciones mexicanas”.
El jade es, según anota el doctor Gutierre Tibón, “el Chalchihuite, es la
piedra verde que se identifica con la diosa del agua viva, Chalchiuhtlicue,
"la de la falda de jade"; es obviamente una piedra viva, como el agua
que representa. El agua y el Sol hacen crecer la vida en la tierra. El
chalchihuite debía calentarse al Sol. Los pochteca (mercaderes espías)
calentaban al Sol todas las cosas preciosas, las quemaban al Sol; el jade
especialmente. Estas piedras las usaban, como hasta ahora, las curanderas y
brujos, pero también la gente del pueblo las calentaba acercándolas a su
corazón. En un confesionario, en lengua náhuatl, el cura preguntaba:
"¿Posees piedras verdes, o ranas hechas de jade?", para requisarlas.
El jade tiene poder, es conductor de energía solar aun cuando el sol no
alumbra. En Tepoztlán algunos vecinos tienen colecciones de huesos humanos que
en partes se han convertido en jades, estas piedras de vida ya como huesos de
la tierra que se transformaron en hombres, ya como jades que llevaban en sí las
fuerzas vitales que eternizan los huesos de los antepasados. La creencia de que
los hombres se vuelven piedras está muy arraigada entre los vecinos: una roca
en forma de falo recuerda a los compadres que cayeron en tentación y fueron
petrificados por la divinidad. La creencia de la piedra que adquiere vida
persiste en varios grupos indígenas como los tepehuas, que atan los metates
para que no se vuelvan tigres, pero siempre es el jade la piedra que tiene una
vida más intensa y visible en el reino de Tepoztlán. Los vecinos dicen que la
hierba medicinal crece mejor donde están enterrados los jades porque producen
una exhalación fresca y húmeda. El jade no solo tiene vida: comunica la vida,
representa un papel sagrado en dos concepciones fundamentales del mundo
Náhuatl. La primera, la del propio Quetzalcóatl, inventor de la escritura y el
calendario, asociado con el planeta Venus y con la resurrección, como anotamos
nacido del trozo de jade que entra en su madre, y también la de su
descendiente, el héroe Tepozteco que nace también santificado (si es que se
puede decir así) por el jade que también preña a su madre al guardarlo en su
cinturón. Para que una deidad adquiriera vida se le colocaba un chalchihuite en
el corazón, en una cavidad expresamente cincelada para alojar el jade. En
Tepoztlán se dice que las esculturas fueron seres vivos hasta que un ladrón
sacrílego robó el chalchihuite: hoy los ojos vacíos de las esculturas indican
que todo el jade ha sido robado de las figuras talladas.
Apoyado por el tianguis los días miércoles y
domingo es cuando el pueblo está colmado de visitantes que van por el día; para
quienes desean quedarse existen varias alternativas. Destacan un hotel de estrellas,
el Tepoztlán, para el que se pueden hacer reservaciones en cualquier agencia de
viajes, y la Posada del Tepozteco, que cuenta también con todo tipo de
servicios y tiene el encanto de haber sido construida con piedras. Hay un
albergue muy especial: Las Cabañas, ubicada en la parte alta, que tiene el
mérito de haber albergado, entre otros, a Pablo Neruda, Oscar Lewis y Diego
Rivera, dan excelente servicio y es más económico. La comida en el pueblo es un
referente indispensable en las guías gastronómicas mexicanas; enfrente de la
Biblioteca publica, en la calle 5 de mayo, se encuentra el Catarinas, un
restaurante vegetariano que ofrece algunos platos preparados con hierbas que
sólo se dan en la región, también ofrecen una amplia carta con recetas a base
de flores (me hice adicto a las flores de calabaza, un plato exquisito como sea
que se prepare). También se han instalado a partir de la década de 1980 algunos
restaurantes orientales, como el Lhasa Tíbet en la calle J. Guadalupe Rojas,
que ofrece varias posibilidades vegetales. Para elegir entre diferentes
platillos mexicanos, está el Bistro, a un costado del convento: este local
pertenecía a la iglesia, pero desde 1957, cuando se separó la Iglesia del
Estado en México, pasó a ser propiedad privada y es así como hoy el atrio se
convirtió en un íntimo restaurante, con especialidad en carnes a las brasas,
exquisitas aunque menos económico. Bordeando el mercado hay varios lugares en
que se puede comer por muy poco dinero, y todos muy limpios: en el María Isabel
ofrecen "codornices recién capturadas en el cerro", las que se pueden
probar los fines de semana (son algo más sabrosas que el pollo pero mejor son
vivas surcando libres los aires).
También las fiestas y el Tianguis son
ocasión propicia para que circulen las noticias mano a mano en panfletos
rigurosos. En uno de los que llegó a mi se lee un llamado “Manifiesto de
Tepoztlán”, anunciando una conferencia del investigador peruano Daniel Ruzo en
el Kiosco de la Plaza. El escrito anuncia que se pretende “reunir
espiritualmente a los seres humanos que están ya convencidos: de que una
humanidad, tan importante como la nuestra, fue raída de la faz de la tierra por
un desplazamiento de las aguas del planeta; de la necesidad de ubicar los
bosques sagrados, las montañas sagradas y las cavernas subterráneas, donde esa
humanidad utilizó las fuerzas cósmicas y telúricas para devolver a los hombres
el equilibrio físico y sicológico; de la necesidad de descubrir y habilitar
esas cavernas, que hicieron posible durante el cataclismo de Noé la salvación
de algunos grupos humanos escogidos y entrenados para realizar una misión: la
salvación en ellos de la simiente humana; de la necesidad de salvar los mitos,
las leyendas, los conjuntos simbólicos, las nociones del tesoro y las
concepciones de los libros sagrados: la revelación tradicional, que heredamos y
debemos entregar a una nueva humanidad; de que ese acervo es indispensable en
cada humanidad para la salvación del héroe: el hombre que llega a ser
superhombre: Se reunirán así, aunque no lleguen a conocerse nunca, todos
aquellos que consideran con angustia el futuro y que buscan, en la más antigua
sabiduría y en las profecías, la salud y la salvación para pequeños grupos
humanos en el mundo físico. Contribuirán también a la preparación sicológica de
los elegidos. Solamente esta unión para tan altos fines puede dar sentido a
nuestras vidas ante catástrofes cíclicas inevitables".
El ufólogo de Tepoztlán José María Vásquez
nos dijo: “El hombre existe solamente para que exista el superhombre. Las
mitologías, los libros sagrados, los cuentos mágicos y las leyendas de los
pueblos, afirman en todos los idiomas, en los últimos cincuenta siglos, la
existencia real del superhombre. El hombre es el animal más evolucionado del
mundo físico visible en el planeta que habita. Y hasta hay quienes creen en
verdad que es el rey de la creación. Con mayor modestia, hay quienes afirman
que la vida antropomorfa no es única, porque los reinos de la tierra existen
porque son etapas de la evolución de la vida en el mundo físico visible; son
los cuatro reinos de la creación: mineral, vegetal, animal y humano. Tenemos
que aceptar no solamente humanidades anteriores en nuestro planeta sino
millones de humanidades en el Universo sin que sea necesario que se parezcan a
nosotros. El reino humano se desarrollaría en cada astro, en un periodo de su
historia, de acuerdo con su gravedad, su presión, su temperatura, su atmósfera
y sus elementos. Estará condicionado ese reino inteligente al astro que le da
vida y a los astros que lo rodean. Entre una humanidad y otra puede haber mayor
diferencia que la que hay entre una hormiga y un elefante. Sus cuerpos pueden
ser de metales o de gases, o de materia desconocida para nosotros, pero no de
pura energía, aunque exista energía en todos ellos. Existiría un quinto reino
de superhombres con nuestra forma humana en cuerpos de energía, invisibles para
nosotros pero viviendo entre nosotros así como en todas las otras estrellas
habitadas. Son nuestros dobles, los otros del mundo bizarro. Sus finalidades
nos sobrepasan como sobrepasan las nuestras la comprensión de los animales que
nos rodean. Este mundo que existe de superhombres, en cuerpos de pura energía,
invisibles para nosotros, son mejores por no estar limitados a un cuerpo
físico. Su conciencia, su amor y su alegría, hacen imposible nuestra relación
con ellos. Intervienen solamente para que se cumpla el destino de la Tierra,
cuando las convulsiones cíclicas de nuestro planeta destruyen una humanidad.
Deben velar para que pase la sangre del hombre de una Edad a otra. Dentro del
reino humanoide tenemos que aceptar la posibilidad de tantas especies de seres
superiores al hombre común como hay especies diferentes en nuestro reino
animal. Fue necesaria la evolución mineral para hacer posible la evolución
vegetal y ésta fue indispensable para la evolución animal sin la que el hombre
no podría tener los maravillosos órganos que nos integran. Por eso, aquí en
Tepoztlán nos parece posible que puede ocurrir esta transmutación en nuestro
reino humano común. De él tiene que nacer el otro reino: el reino de los
dioses. Repitamos: el hombre existe solamente para que exista el superhombre.
El que nos espera al otro lado de la muerte. Mejor que nosotros, con una clase
finalizada. El superhombre del que han hablado todas las religiones y todas las
mitologías porque vive al lado de nosotros. He ahí la humanidad de superhombres
que va formando nuestra Tierra en el curso de milenios. Todas nuestras
humanidades han sido, son y serán la base para el superhombre. El progreso de
las humanidades es muy lento sobre el planeta. La finalidad humana no es
progresar en el mundo físico: es la conquista de una conciencia unificada y de
una posibilidad mínima de amor verdadero. La unión de la conciencia y del amor
le da a nuestra humanidad su razón eterna. En el fondo de nosotros mismos, y es
lo que nos da la razón de ser, sabemos que existe la certeza de que podemos
contribuir a la formación de los dioses. La leyenda misma que se preserva en
Tepoztlán, superando las posibilidades del hombre de la Tierra en su proyección
más allá, es una afirmación del superhombre. En la mitología hay dos categorías
de dioses: los que podemos llamar universales, anteriores a la Tierra, y los
que están íntimamente relacionados con la vida del planeta. Estos son los
dioses de la Tierra que tienen un lugar ideal en el Cielo, otro junto a los
hombres y un tercero en la civilización subterránea de la que muy pocos saben.
Todos están sujetos en cierto modo a los dioses universales. La mitología ha
sido una síntesis de la ciencia y un velo transparente de la existencia real de
un hombre mejor; a pesar de nuestra vida efímera, nos une a la inmortalidad de
la Tierra esta afirmación del superhombre. Esa es una singularidad de las fiestas
religiosas y carnavalescas de la aldea: todo canta a la grandeza del hombre, a
la inmortalidad del Tepozteco que cada uno llevamos dentro”.
Así, en todas sus fiestas aflora el
sincretismo de las costumbres anteriores unidas a las condiciones que comenzaron
a imperar luego de la Conquista, y lo hacen en una forma dual de ver el mundo,
extraña mezcla de hechizos y electricidad, de brujería y ciencia; en Tepoztlán
todo permanece, aunque disfrazado, las cosas se hablan de boca a oreja para
preservar en silencio los mitos y leyendas y evitar que muera la región en la
memoria de las gentes, quienes dicen que todo nuestro planeta tiene una única
tradición heredada de las humanidades anteriores a la nuestra, cuyos vestigios
han quedado según las voces de la imaginación colectiva en los terrenos altos,
cuya geografía preservó de las aguas. Y recién, después de muchos siglos, se va
levantando el vapor que las cubría despejando noticias sobre esos míticos
antepasados que emergen de un mundo mágicamente olvidado: su estado de ánimo es
de canto de bienvenida a una raza de jade que despierta a la vida.
Otra vez en Tepoztlán, viviendo la
hospitalidad de amigos, por un cruce de caminos conocí mejor al investigador
peruano Daniel Ruzo, a quien había oído antes hablar desde el Kiosco. Luego
publiqué en Vogue: “Abogado recibido en la Universidad de San Marcos de Lima,
“miembro de la masonería”, poeta, teósofo, especialista en criptografía y en el
profeta provenzal Miguel Nostradamus, Daniel Ruzo ha sido alcalde de Miraflores
y es una personalidad en Perú, respaldado por varios reconocimientos
internacionales recibidos por sus investigaciones. En unas pocas horas de
conversación, apenas podemos enterarnos de sus varias décadas de
investigaciones sobre prehistoria, toponimia, geología, cronología, religiones
comparadas, simbología y muchas otras disciplinas, que le han llevado a dar
conferencias en La Sorbona de París y en la Academia Nacional de Ciencias de
México acerca de su mayor desafío: probar sin lugar a dudas que una humanidad
tan importante como la nuestra fue borrada de la tierra por un desplazamiento
de las aguas del planeta: en búsqueda de esos restos es que está en México,
donde pudimos conversar con él. Ruzo repite varias veces la frase de Copérnico:
"No exijo que mi tesis se considere verdadera, ni siquiera verosímil, sólo
pido que sea considerada como hipótesis".
Es verdad que después de conversar con
nuestros anfitriones y los vecinos siempre amables y dispuestos, mis amigos, luego
de hablar con investigadores como Daniel Ruzo y oír su discurso y luego de ver
Tepoztlán, de admirar las imponentes formas de los cerros de toba basáltica que
rodean todo con sus figuras cercanamente insinuantes, uno medita necesariamente
observando estas rocas y tallados y piensa en un mundo perdido bajo las formas
ocultas. La hipótesis de Ruzo, cada día más aceptada a nivel científico, trae a
la realidad actual de México un pasado mágico de una humanidad desaparecida que
en Tepoztlán parece vivir a flor de tierra. Nos dice el investigador peruano: -Tepoztlán
es punto de convergencia de fuerzas electromagnéticas que parten de ambos polos
terrestres. Estas fuerzas producen reacciones químicas tangibles en los
organismos vivos y afectan a los seres humanos en diferentes formas, dependiendo
de muchos factores. En la actualidad diversas agrupaciones ocultistas se reúnen
regularmente en el poblado, atraídas, literalmente, por la energía que se
concentra en este sitio. Pero la realidad del valle va más allá del puro
esoterismo, la fantasía y los contactos extraterrestres. La posibilidad de que
seamos descendientes de las razas atlantes que se salvaron de una catástrofe de
proporciones gigantescas se hace aquí más tangible a medida que avanza el
tiempo. Los hallazgos arqueológicos en todo el mundo parecen confirmar lo que
la mitología de los pueblos antiguos, desde los egipcios a los mayas, ha
insinuado a través de siglos de comunicación ininterrumpida. El hecho de que la
historia de la Atlántida fuese por miles de años considerada como una fábula no
prueba nada. Existen aquellos que no creen en nada a causa de su suprema
ignorancia, al igual que existe el escepticismo que nace de la inteligencia.
Aquellos que se encuentran más cerca del pasado no son siempre los que están
mejor informados sobre ese mismo pasado. Durante mil años se creyó que las
leyendas de las ciudades enterradas de Pompeya y Herculano eran mitos: se les
nombraba como "las ciudades fabulosas". Durante mil años el mundo
civilizado ignoró los relatos de Herodoto sobre las maravillas de las
civilizaciones del Nilo y de Caldea. Él fue apodado "el padre de los
mentirosos". Incluso Plutarco se rió de él. Hoy, su detallada información
sobre Egipto y el Asia Menor es apreciada por todos los geógrafos. Mientras
mejor se le entiende, más acertado lo hallamos. Hubo un tiempo en el que se
dudó de la veracidad de la expedición enviada por el faraón Neko para
circunnavegar África. Hoy sabemos que los navegantes egipcios cruzaron el
Ecuador y se anticiparon 2100 años a Vasco de Gama en su descubrimiento del
Cabo de Buena Esperanza. Por último, hay que recordar que las pinturas
rupestres, incluyendo las de las cuevas de Altamira, fueron negadas durante
muchos años, como se ha negado la realidad de estos cerros que cobijan a
Tepoztlán y su apariencia casi irreal, que ocultan en su seno un profundo
misterio que siente quien puede llegar al lugar, porque a Tepoztlán no todos
pueden llegar: sólo vienen quienes son invitados, se dice. Las leyendas de este
lugar son corroboradas por la toponimia. Las primeras fueron tergiversadas o
acalladas para ocultarlas de los conquistadores españoles; pero muchos de los
nombres que aún sobreviven en la región son testimonio de la enorme importancia
que las montañas sagradas habían tenido y continúan teniendo para los
tepoztecos.
Es lógico el profesor Ruzo, también creo que
muchos nombres antiguos en Tepoztlán deben haberse perdido cuando llegaron los
españoles. El nombre es una realidad mágica. Si se tiene el nombre se puede
evocar al personaje o a su montaña. Es seguro que no dieron a los españoles los
nombres verdaderos. Fue un primer paso para que cayeran en el olvido. Sin
embargo, un trabajo muy importante sobre la toponimia de las tres montañas
principales ha sido realizado por diversos investigadores. Hemos podido
apreciarlo debido a la gentileza del vecino profesor José Aranda Oliveros, en
un mural que decora el edificio que habita, en el que hace algún tiempo
funcionó un colegio. Se presentan allí, en círculo, alrededor del plano de
Tepoztlán, leyendo igual que en la piedra del sol, el círculo comienza por la
parte superior y de manera inversa a las manecillas del reloj, veintiocho
símbolos de otros tantos "cerros".
Al pie de ellos vienen veintisiete nombres,
en el orden siguiente: 1. Cuauhnectepetl, cerro de la Miel. 2. San Pedro. 3.
Chalchiuhtepetl (el famoso Chalchi), cerro Precioso. 4. Hueytlatengo. 5.
Tequezcontitia, Siete Hoyadas. 6. Tequimilpa. 7. Tzematzin, Hombre y Mujer, Dos
Cuates, roca doble. 8. El Platanar. 9. Tlamintepetl, Fin de la Sierra. 10.
Atlaxomulco. 11. Yohualtecatl, cerro de la Noche. 12. Chicheo. 13. Huilotepetl,
cerro de la Paloma. 14. Otiayotepetl, cerro de las Muchas Veredas, de los
Otates. 15. Meztitlán. 16. Tzinacantemoyan. 17. Chicuacemac, cerro de las Seis
Manos. 18. Temazatitlán. 19. Malinalapan, cerro Verboso, de las Cascadas. 20.
Tlahuiltepetl, cerro de la Luz. 21. Yehecatepetl, cerro del Aire. 22.
Tepoztecatl Itzacuatl, casa del Tepoztecatl. 23. Axitlán. 24. Ocelotepetl,
cerro del Tigre. 25. Tlacatepetl, cerro del Gigante, estatua del Tepozteco. 26.
Cuachiauacán. 27. Cuayahualoitzin, cerro de la Cabeza Redonda.
Es verdad que en la aldea es un asombro ver
las esculturas protohistóricas que adornan los cerros del valle, y que poseen
una particularidad: sólo pueden ser distinguidas desde un punto exacto, a
cierta hora del día y en determinados momentos del año. Sus perfiles se
conforman con el juego de las luces y las sombras. Nos dijo Daniel Ruzo que así
es generalmente en todo el planeta en las construcciones rescatadas de sitios
arqueológicos donde existieron civilizaciones. La mejor época para fotografiar
Tepoztlán tiene lugar en diciembre y enero. Desde el kilómetro 68 de la
carretera que une a Cuernavaca con la ciudad de México, se aprecia el cerro más
importante de los tres conjuntos de montañas que cercan a Tepoztlán: el
Chalchiuhtepetl, el Cerro del Tesoro. Nos dijo el profesor Ruzo: -Desde la
carretera el Chalchi muestra su cumbre de forma piramidal, casi idéntica a la
de la Montaña Occidental que está protegiendo las tumbas de los faraones
egipcios en el Valle de los Reyes. En todo el planeta las montañas sagradas de
cumbre piramidal han sido siempre los templos de la Tierra. Sus masas de roca,
homogéneas desde grandes profundidades, se convierten en antenas que condensan
las fuerzas telúricas de los cuatro elementos y las fuerzas astrales que
reciben por las cumbres. En su interior encierran la caverna en la que surge el
agua pura de las tinieblas que ayuda a los hombres a recuperar la salud física,
como en Lourdes, y el equilibrio sicológico. Estas cavernas estaban preparadas
para proteger la vida de un grupo de parejas escogidas cuando un cataclismo
amenazaba al planeta, y guardaban las semillas y los animales domésticos
necesarios para que una nueva humanidad pudiera perpetuarse en un planeta
devastado. Ese es el tesoro que alberga el Chalchi en su caverna: Un plano
secreto y un sistema de mitos y leyendas oculta la entrada de su caverna. El
mismo sistema conduce al que ha sido señalado para esa misión, al fin de una
edad o humanidad, cuando la apertura del templo es necesaria. Según la leyenda,
Quetzalcóatl, quien dio sus primeros pasos en Magdalena Amatlán, pequeño
poblado de la municipalidad de Tepoztlán, bajó al infra mundo convertido en
perro para sacar los huesos viejos de la Tierra y así repoblar al mundo. El
mito del nacimiento de este rey dios tiene mucha semejanza con el del
nacimiento de Tepoztecatl, deidad principal de Tepoztlán, y el de
Huitzilopoxtli, el dios como oscuro espejo humeante: todos nacen en forma
andrógina, de una madre virgen. Para acrecentar el misterio del Chalchi,
ciertas fotografías lo muestran como la efigie de un gigante apretando entre
sus poderosos brazos al perro de tres cabezas: es el Can Cerbero, el guardián
de las puertas del infra mundo que se deja ver a la hora del atardecer.
Anoto, ahora, que otro de los cerros
importantes de Tepoztlán, es el Tlacatépetl, que visitamos con el maestro
Andrés Bello Gómez, a quien me une la calidez del amigo y a quien relaciono con
este sitio que cobija una roca de sesenta metros de altura conocida como el
Cerro del Hombre. Su masa imponente ha sido tallada por desconocidos artistas
en la roca natural, así como la base en que se asienta plagada de escritura sin
descifrar hasta ahora. Atrás de este cerro, a la izquierda del observador, está
el Cerro de los Vientos, conocido también como Cerro del Ocelote. El cerro
mayor, a la derecha del observador de la estatua, es el Cerro de la Luz. Dice el
profesor Ruzo que este nombre nos hace relacionar a Tepozteco, cuya estatua
forma el Tlacatépetl, con Quetzalcóatl: “ambos son dioses del viento y ambos se
inmortalizan en la luz reflejada del lucero de la mañana. Su estatua cambia
cuatro veces de expresión en las diferentes horas del día y una gran parte del
año está cubierta de vegetación. Esto ha contribuido a preservar su secreto
durante los últimos cinco siglos. Toda la leyenda de Tepozteco, rey de los
atlantes anteriores al diluvio, está viva en las rocas circundantes. El artista
protohistórico que esculpió su efigie, esculpió muy cerca de él, a su derecha,
el cofre del tesoro de que habla la leyenda y a la comitiva que lo
transportaba. El hombre de su guardia que porta el cofre va uniformado con una
escafandra que le permitía seguramente viajar por los aires, a grandes alturas.
Cerca de este último, a más altura, se aprecia claramente la forma de un
platillo volador del que acaba de desembarcar”.
Esto puede a simple vista parecer
fantasioso, pero las narraciones que hace el investigador peruano Daniel Ruzo mientras vemos las rocas talladas nos
parecen racionales: si uno ve los tallados y le oye explicarlos, es creíble. En
la meseta de Marcahuasi, en el Perú, el mismo profesor Ruzo descubrió, a 4000
metros de altura sobre el nivel del mar, como narramos en nuestra visita al
sitio arqueológico, representaciones talladas en pórfido diorítico blanco de
dos personajes que llevan escafandras idénticas a la utilizada por la efigie
que se encuentra en Tepoztlán. Vemos el material fotográfico que nos ayuda a descubrir
el natural y nos parece una excepcional
coincidencia. Dice el profesor Ruzo: “La mitología y las leyendas de los
diversos pueblos del planeta no son sino una sola. Todas provienen de la misma
raíz. A medida que avanzan los descubrimientos arqueológicos, nos damos cuenta
de que los mitos son falsos sólo en su expresión textual, pero verdaderos en lo
que quieren decir. La mitología fue una expresión de todos los conocimientos
espirituales, mágicos y físicos de una humanidad desaparecida y que ha llegado
incompleta y desfigurada hasta nosotros. La existencia de un continente formado
por islas, el cual se hundió en el seno del Atlántico a causa de una terrible
catástrofe, ha sido suficientemente probada por múltiples investigadores. Su
relación con Tepoztlán, centro del antiquísimo México, país atlante que barrido
por olas formidables no desapareció bajo las aguas, al igual que las zonas
altas de Los Andes Sudamericanos, Perú, Bolivia y Chile, donde hay sitios
similares en la familiaridad es clara; la hallamos incluso en los nombres.
Varios científicos mexicanos y otros extranjeros, como Bancroft, han
dictaminado que los toltecas comenzaron sus migraciones desde un punto de
partida llamado Aztlán o Atlán. Este no puede ser otro que Atlantis o
Atlántida. El hogar original de los nahuatlacas era también Aztlán. Los aztecas
afirmaban por su parte haber venido originalmente de Aztlán. Su nombre,
aztecas, es derivado de Aztlán. En el Popol Vuh de los Mayas se habla asimismo
de Aztlán y de que estaba ubicado hacia el Este. Esta leyenda apunta hacia el
Oriente, es decir, hacia el Océano Atlántico, como punto de origen de estas
razas. Quizá sea por eso que la gran mayoría de los templos prehispánicos, al
igual que las iglesias católicas construidas sobre ellos, estén orientados en
esa dirección. En Tepoztlán, casi todas las iglesias y capillas están
orientadas hacia el Este. Por lo demás, las palabras Atlas y Atlántico no
tienen una etimología satisfactoria en ningún lenguaje europeo, no son griegas
y no se les puede asociar con ningún idioma conocido del Viejo Mundo. Sin
embargo, en el idioma náhuatl, que hablaban los tlahuicas de Tepoztlán,
hallamos inmediatamente el radical atl, que significa agua, guerra y la punta
de la cabeza. De ahí parten una serie de palabras como atlán a la orilla o en medio del agua de donde viene el adjetivo Atlántico. También
tenemos atlaca, que quiere decir combatir o agonizar; también significa lanzar
o arrojar desde el agua, y en pasado forma la palabra Atlaz. Desde la
desaparición de la Atlántida, sus vestigios, como los que encontramos en
Tepoztlán, son escasos y se hallan muy erosionados. Por otra parte, las teorías
simplistas acerca del origen del hombre civilizado, preconizadas por las
universidades que desean hacernos creer que durante cuarenta mil años fuimos
"primitivos" y en siete mil años llegamos a la luna, hacen difícil la
propagación y la investigación adecuadas de esta fascinante cuestión, que es la
respuesta a una pregunta crucial: ¿Está nuestra civilización también destinada
a desaparecer?”.
El profesor Ruzo es convincente en sus
juicios; es cierto que varios libros antiguos citan la anécdota: en sus
“Comentarios” Platón nos habla clara e inequívocamente sobre la historia de la
Atlántida, tal y como le fue narrada a su antepasado Solón cuando éste visitó
Egipto, 600 años antes de la era cristiana, citando que los sacerdotes egipcios
de Sais hablaron así a Solón: "Ustedes no tienen antigüedad en su historia
y no tienen historia de su antigüedad. Y he aquí el porqué de esto: Han habido,
y habrán otra vez en el futuro, muchas destrucciones de la humanidad causadas
por muchas razones. Los cuerpos celestes cambian sus cursos y causan una gran
conflagración en la Tierra que ocurre a intervalos muy grandes de tiempo.
Cuando los dioses purgan a la Tierra con un diluvio de agua, sólo permiten que
se salven aquellos que carecen de intelecto y educación; así, la humanidad debe
comenzar de nuevo como si fueran niños, sin ningún conocimiento de los tiempos
pasados".
De Tepoztlán, también hemos conversado al
respecto con el investigador mexicano doctor Octavio Barona, quien afirma que
no es dudoso que las esculturas gigantescas protegidas por la vegetación sean
vestigios de una civilización espléndida Nos dijo: -Con respecto a la cosmogonía
de México, un documento mexicano ofrece valiosa información. Se trata del
Códice Vaticano, que lleva el nombre de la biblioteca donde se encuentra, no
sabemos por qué. Este consiste de cuatro cuadros simbólicos que representan a
las cuatro edades del mundo anteriores a la nuestra. Fueron copiados en Cholula
de un manuscrito antiquísimo y son acompañados por el comentario de Pedro de
los Ríos, un monje dominico que, menos de cincuenta años después de la llegada
de Hernán Cortés, se entregó por completo a la investigación de las tradiciones
indígenas. Tradicionalmente nosotros sabemos que vivimos el quinto Sol, que
terminará como el cuarto: destruido. Diversas leyendas de una misma catástrofe
son recurrentes en América. Una simple comparación entre la leyenda que narra
el Códice Vaticano y la historia del Diluvio contenida en el libro Maya Popol
Vuh llevan a una inevitable conclusión: ambas son únicamente dos versiones de
un mismo evento. Fernando de Alva Ixtilxóchitl rescata así la leyenda tolteca
sobre el Diluvio: "Encontramos en las historias de los toltecas que esta
edad fue destruida por tremendos rayos y lluvias que cayeron del cielo, y toda
la tierra, incluyendo las montañas más altas, fue cubierta y sumergida en las
aguas; aquí, ellos agregaron otras fábulas sobre cómo los hombres se
multiplicaron a partir de los pocos que sobrevivieron a la destrucción en un
"toptlipetlócali", que significa "cofre cerrado" -termina
diciéndonos el doctor Barona.
La Cronología Tradicional, según la nombra
el profesor Ruzo, ha permitido ubicar la historia de esas humanidades de la
época anterior a la historia, como los constructores de Tepoztlán, y de las
catástrofes que las hicieron desaparecer de la faz de la Tierra. Escribió él:
“Hesíodo, en Grecia, habla de cuatro humanidades y denomina a la nuestra como
la quinta. El Calendario Azteca las representa como cinco soles y hace especial
énfasis, por la profusión de signos, en el modo en que desaparecieron. También
en la Biblia cristiana está consignado el recuerdo de estas cinco humanidades y
de los elementos que las destruyeron, desde Génesis Seis cuando anuncia el
Creador que barrerá todo el planeta con las aguas, anunciando traicionado: “Voy
a borrar de la superficie del suelo desde hombres hasta animales domésticos,
hasta animal moviente y hasta criatura volátil de los cielos de la Tierra,
porque de veras que me pesa haberos hecho”. Y envía las aguas que destruyen la
última civilización de acuerdo a a cronología tradicional, basada en la marcha
retrógrada del Sol sobre la eclíptica y la división de esta línea en doce
partes. Heredaron esa cronología todos los pueblos de nuestra quinta edad que
corresponde al quinto Sol, que seca la Tierra y la revive hasta ahora. El
tiempo de cada edad o humanidad transcurre durante el recorrido del Sol por
cuatro sectores zodiacales. Cada humanidad nace, vive y muere dentro de ese
tiempo astronómico. Cuatro humanidades han expresado su vida sobre nuestro
planeta en cada vuelta del Sol sobre la eclíptica. Después de pasar delante de
las doce constelaciones zodiacales, el Sol vuelve a ocupar la misma posición
relativa con relación a ellas, dentro del espacio que, a enorme distancia,
delimitan. La curva abierta que va trazando el Sol en las espirales de su
recorrido por la eclíptica fue dividida tradicionalmente en 27000 sectores. A
cada humanidad correspondían 9000 sectores. La proyección circular de la
eclíptica quedó reducida en 4 por ciento: de 27000 a 25920 sectores o
"años"; a cada humanidad corresponden 8640 "años". Medida
en años tópicos de 365242 días, la marcha eclíptica tiene aproximadamente 25824
años. Es el número de años completos que dan las cifras que se han estudiado a
través de la Kabalah en la Biblia cristiana. El tiempo de cada edad o humanidad
es de 8608 años solares. Estas tres cantidades (27000, 25920 y 25824) y sus
terceras partes corresponden a cada humanidad para existir: 9000, 8640 y 8608
años. Si dividimos los 25824 años que tarda el Sol en completar una vuelta en
su eclíptica entre doce, nos da un resultado de 2152 años. Este es el periodo
de tiempo que tarda el Sol en pasar delante de la constelación zodiacal. Si una
humanidad desaparece cada 8608 años, aproximadamente, significa que ocupa un
lapso de tiempo igual a cuatro signos del zodíaco. Es decir, existen tres
puntos de ruptura en la proyección circular de la eclíptica, los cuales
corresponden con el advenimiento de uno de los cuatro elementos: aire, tierra,
fuego y agua (éste es el orden de los cuatro soles del Calendario Azteca y de
las cuatro humanidades especificadas en la Biblia). Igual, con exactitud no
podemos saber cuántas humanidades han sido necesarias para hacer posible la
nuestra”.
El doctor Octavio Barona está de acuerdo con
estas fechas: -La quinta humanidad es la nuestra. Está bien expresado en la
Biblia: de Sem a Phaleg y de Phaleg a Abraham, dos periodos zodiacales, 4304
años solares; de Abraham a Jesucristo un periodo zodiacal, 2152 años; y de éste
al quinto cataclismo que terminará con nosotros y nuestras obras, el cuarto y
último periodo zodiacal de 2152 años. En total, una edad de 8,608 años solares.
Según los aztecas el centro de varios de sus monumentos y pinturas representa
el quinto Sol, o sea nuestra quinta edad, rodeado de los cuatro soles
anteriores; que terminará, como ellos, en una terrible catástrofe. De acuerdo
con el Apocalipsis el aire será el elemento que presidirá nuestro cataclismo,
comenzando así un nuevo paso de los cuatro elementos. Este ciclo, por haber
comenzado 15 años antes del nacimiento de Jesucristo, finalizará
aproximadamente el año 2137. Esta fecha, según los estudios criptográficos,
aparece repetidas veces en la obra profética de Nostradamus, oculta en sus
exposiciones cronológicas. Estamos de acuerdo con Daniel Ruzo: se trata siempre
del año 2137 de nuestra era. Los cuatro Yugas indostanos representan, asimismo,
las cinco humanidades. Se extienden, como ellas, sobre 20 periodos zodiacales,
es decir, sobre el mismo tiempo. Se dividen en Satya Yuga, de ocho periodos
zodiacales; Tetra Yuga, de seis periodos; Dwapara Yuga, de cuatro; y Kali Yuga,
de dos periodos que terminan con el fin de Pisas en el año 2137. Veinte
periodos zodiacales que cubren 5 milenarios de 9000 "años" o sectores
de la eclíptica; cinco edades de 8640 "años" de la proyección
circular de esa curva o cinco humanidades de 8,608 años solares. También es
coincidente en las fechas el año 2012 que anuncia un cambio importante. Relacionado
con la comunicación electrónica de toda la humanidad, como un virus benigno que
permite a todos saber lo que sucede a todos: un gran paso adelante. Toda esta
cronología basada en conocimientos astronómicos, fue heredada de la cuarta
humanidad, la humanidad de los atlantes que se hundió en el mar, por hebreos,
egipcios, caldeos, indostanos y en América por todas las culturas antiguas de
México, Guatemala, Perú, Bolivia y Chile. En todos estos sitios existen
esculturas protohistóricas, anteriores al Diluvio. Lo que ocurre en Tepoztlán
es que son las más numerosas en una área reducida del valle.
He conversado en la Ciudad de México con
Fernando Benítez, nuestro ilustre amigo autor de “La ruta de Cortés” y “Los
indios de México”, entre otros libros memorables. Nos presentó en 1981, una
amiga común: la fotógrafa norteamericana Nadine Markova, con quien hemos
trabajado varias veces juntos para Vogue y nos une una cálida amistad. Fernando
Benítez admira su trabajo y eso nos ha acercado y me ha permitido varias veces
recurrir a él para aclarar algún dato histórico de México. Ahora le pido que me
cuente como se dice a un lector amigo la historia de los cinco soles que tanto
he oído nombrar. Dice el maestro Fernando cómo la entiende él: -Hesíodo habla
de cinco humanidades y la Piedra del Sol, que está en el Museo de Antropología,
las representa grabadas en su monolito, un documento de piedra de veinticuatro
toneladas. Otra piedra igual a esta se ha encontrado en Guatemala y una tercera
en Bolivia, a orillas del lago Titicaca. El recuerdo de estas cinco humanidades
tenía que estar consignado en la Biblia. No es difícil encontrar esas
referencias y compararlas con los cinco soles del monumento azteca. Según la
Biblia, la humanidad de los Ángeles cae en el cielo, es decir, en el aire: es
el fin de la primera humanidad angélica. El primer Sol azteca está representado
por Quetzalcóatl, dios del aire. Termina también ese primer sol o primera Edad
por un cataclismo del aire: los hombres se convierten en monos. Los Hijos de
Dios se unen a las Hijas de los Hombres y caen en la tierra. Termina así la
segunda humanidad. El segundo Sol azteca está representado por Tezcatlipoca: la
tiniebla de la Tierra es su morada. Es la segunda edad de los gigantes que caen
en la Tierra: son devorados por los tigres. El primer versículo de la Biblia
que se refiere a los Hijos de Dios se refiere también al pesar de Jehová por
haber creado hombres en la Tierra cuando decide el Diluvio universal, “pero Noé
halló favor a los ojos de Jehová” y continuó la estirpe por un hombre justo y
su familia salvados de las aguas que inundaron el mundo. La tercera humanidad vive
en el Paraíso. Adán y Eva simbolizan una humanidad. Es la humanidad adánica que
termina por una catástrofe de fuego: la espada flamígera que se revuelve a
todos lados. El tercer Sol está representado en el monumento mexicano por
Tlaloc, dios de los infiernos y de la lluvia de fuego que destruye la tercera
edad con el calor, según está escrito en lenguas antiguas tan distantes como en
Chile la RapaNui de Isla de Pascua, en las inscripciones de las llamadas
tablillas parlantes, varias en la Biblioteca del Vaticano, en Roma. En los
códices aztecas, durante el tercer Sol, Nahui-Quiahuitl (Cuatro-Lluvia de
fuego), al cabo de seis veces cincuenta y dos años, cuando cayó una lluvia de
fuego, manifestación de Tlaloc, señor del rayo, de largos dientes y ojos enormes,
todos eran niños, y los sobrevivientes se transformaron en pájaros. La cuarta
humanidad es la humanidad de los patriarcas entre Adán y Noé. Termina por un
Diluvio, el cataclismo del agua cantado en el Génesis cristiano. Noé salva la
semilla humana. Este cuarto Sol, símbolo de la cuarta edad, en México está
representado por la diosa Chalchiuhtlicue, esposa de Tlaloc y patrona de las
aguas. La catástrofe es también para los mexicanos, un Diluvio. El agua se
derramó al derrumbarse el cielo y destruyó la cuarta edad. Este es el orden de
los cuatro soles o edades, es decir de las cuatro últimas humanidades: aire,
tierra, fuego y agua. La quinta humanidad es la nuestra. Según los aztecas el
centro de su monumento representa el quinto Sol, o sea nuestra quinta edad,
rodeado de los cuatro soles anteriores. Terminará, como ellos, por una terrible
catástrofe. De acuerdo con el Apocalipsis cristiano el aire será el elemento
que presidirá nuestro cataclismo comenzando así un nuevo paso de los cuatro
elementos. La única explicación para esta identidad de las tradiciones de las
cinco últimas humanidades de la Tierra, en México y en la Biblia hebrea, es que
los pueblos antiguos de nuestra historia han heredado en todos los continentes
fragmentos de la ciencia y de la historia de una humanidad anterior que pereció
en el diluvio, y restos de esa humanidad es lo que representa la aldea
arqueológica de Tepoztlán.
Afirma el profesor Daniel Ruzo: -La Piedra
del Sol, guardada en el Museo de Antropología e Historia de México, es, con la
Biblia hebrea y con la gran Pirámide de Egipto, uno de los tres monumentos
cronológicos más importantes de la humanidad. Una semejante se ha encontrado en
Tiwuanaku, Bolivia. Se trata de una roca de basalto olivino, de unas 25
toneladas y 3,58 metros de diámetro, tallada en el México precolombino. Los
numerosos motivos allí esculpidos están relacionados con la astronomía, la
cronología y la cosmogonía de la antigua civilización. La piedra presenta una
decoración en círculos concéntricos que de interior a exterior parece
representar: en el centro el rostro de Tonatiuh (dios del Sol). A continuación
se encuentra el círculo de los veinte días, que se corresponde con la
representación de un mes. El círculo comienza por la parte superior y de manera
inversa a las manecillas del reloj. Junto a este se encuentra el círculo con
los cuatro rumbos del Universo y los rayos solares. Delimitando toda la
representación del disco solar están dos serpientes de fuego, cuyas colas se
encuentran en la parte superior, lugar donde está representado lo que para
algunos se relaciona tanto con el año del surgimiento del quinto Sol, como con
la fecha de la construcción del monolito. Es posible que sea muy anterior a los
aztecas. De todas maneras, cincelada por ellos o no, es una copia en piedra de
la más antigua cronología legada por la cuarta humanidad a todos los primeros
pueblos de la quinta humanidad a la que pertenecemos. La exposición cronológica
de la Piedra del Sol nos permite asegurar que los pueblos atlantes, y por lo
tanto México, tuvieron la misma cronología de cinco humanidades que encontramos
en los documentos de los semnas y los caldeos, los maostanos y los egipcios.
Sabemos que esta tradición llegó hasta los griegos y la encontramos en Hesíodo,
como se sabe. Las grandes catástrofes que se sucedieron al final del cuarto
Sol, Cuarta Edad, o cuarta humanidad, provocaron el hundimiento de las islas
del Atlántico. Esas islas unían a los atlantes de México con los del Norte de
África y, al otro extremo del Mediterráneo, con los atlantes del Egipto
protohistórico. No es extraño que encontremos en todas las etapas de este largo
camino, que se prolonga hasta los Cárpatos de Europa y hasta los Andes de
Sudamérica, las mismas tradiciones e iguales templos naturales. Los cantos que
elevaban al cielo esas multitudes resuenan hasta hoy en el Valle Sagrado de los
Faraones y en el Valle Sagrado de Tepoztlán. Los antiguos misterios hacen
temblar las montañas de México y las que están sumergidas en el fondo del
Atlántico. Así será mientras quede una roca marcada con el sello de esa Edad
desaparecida, mientras los dioses egipcios no se borren totalmente en la
montaña de Tebas, y mientras la luz del Sol haga girar sobre las rocas del
Chalchi la misteriosa mirada de la estatua de piedra de Tepozteco.
He dormido en muchos sitios en Tepoztlán, en
casas de amigos: donde los Monteforte he probado bebidas únicas que salen de
las manos de Morena como agua viva, me regaló varas de bambú en que acomodé un
telar de Isla Negra y colgué en mi propio hogar en la Ciudad de México; en lo
de los Fritszche desde la gran ventana del dormitorio que he ocupado veo perfectamente el tercer macizo de
montañas, formadas por el Cerro de la Luz, en el que hay una pequeña pirámide,
por sus estribaciones hacia el Norte, y por el Cerro del Viento, o de los
Vientos, el más occidental. Delante de este cerro se levanta la estatua
protohistórica del personaje principal de toda la comarca, Tepoztecatl o
Tepozteco, el hijo de Quetzalcóatl. Es una enorme roca, aparentemente de
sesenta metros de altura, tallada totalmente por tres lados y unida al Cerro
del Viento por el lado posterior. Siempre se ha titulado esta roca el Cerro del
Hombre, o del Gigante, pero los vecinos se refieren al cerro como “la estatua
de Tepozteco”. Entre ellos hay estudiosos que se ocupan de los símbolos que
decoran las enormes superficies de su manto, y de la cabeza magnífica con las
diferentes miradas que esta enorme escultura presenta según la hora del día y
que acreditan el arte incomparable de los escultores que la tallaron para
perpetuar el cerro "del hombre que bajó del cielo"; él es el
"hijo del Dios del Viento" que ha bajado a la tierra. Tiene seis
fisonomías diferentes y se ha conservado durante más de diez mil años a pesar
de bárbaros, el tiempo y de los elementos. Los escultores hicieron un trabajo
tan perfecto que nadie puede negar que se trata de una obra humana de
excepcional calidad. También cambian los símbolos tallados en el manto
excepcional que lo cubre según las diferentes luces de las horas del día y de
los meses del año. Uno piensa que la presencia enorme nos viene de una
humanidad desaparecida que dominaba el espacio, tallaba las montañas y las
decoraba con esculturas. Las miradas de Tepozteco, producidas una después de otra
por las diferentes posiciones del Sol en el transcurso del día, se pasean por
el Chalchi, cerro precioso.
La base de la leyenda de Tepozteco, tejida
en los últimos siglos sobre recuerdos incompletos de su realidad mitológica, es
entonces la de un hombre purificado que nace de una virgen. Después, resucita
de entre los muertos. La repiten los pobladores de hoy: todas las notas aquí
reunidas corren de boca en boca y siempre conservé la forma lo más textual
posible. Igual no incluyo bibliografía porque ocuparía más páginas que el
texto, pero es siempre la misma historia: la mujer virgen que encontró una
minúscula piedra de Jade que guardó en su faja y con esto quedó embarazada del
superhombre. Después de la llegada de los españoles se une el mito del héroe a
la tradición cristiana. Tepozteco protege a Tepoztlán siempre que lo celebren a
él y a la Virgen de la Natividad en las fiestas anuales. Es el hijo de la
Virgen, Patrona de Tepoztlán, hoy la Virgen de la Natividad. Vuelve así el mito
a sus orígenes: la Virgen Madre es el símbolo de la fecundidad y del agua de
las tinieblas. Sin intervención masculina da vida al héroe. Es la matriz del
segundo nacimiento. La madre virgen y sus dos hermanas, princesas, estaban al
cuidado de una anciana. Para evitar la deshonra pensaron matar al niño; lo
arrojaron a un maguey, pero las espinas no le hicieron daño; a un hormiguero,
pero las hormigas lo adornaron con flores; a una fuente, pero no se ahogó. Lo
abandonaron. Un pescador lo encontró y lo llevó a casa de su señora. Ellos
fueron sus abuelos. El pescador hizo para él un arco y una flecha y el niño
traía aves para alimentar a sus protectores. Cuando vio que otros niños tenían
huaraches (sandalias) pidió unas a su abuelo, quien le hizo un par de piel de
conejo. Como las sandalias son dos esto une a Tepozteco con Ometochtli,
"dos conejo", que es a la vez el nombre del dios que se venera cerca
del cerro de la Luz, vecino a Tepozteco, y a la fecha náhuatl “dos conejo” que
representa al superhombre.
Se dice que en las inmediaciones vivía un
gigante, Xochicalcatl, al que alimentaban sacrificando ancianos. El niño dijo a
su abuelo: "yo iré en tu lugar a enfrentar el Xochicalcatl". El
anciano respondió: "eres muy tierno y no puedes satisfacer su hambre; yo
estoy viejo y debo morir luchando". El niño seguía con su idea:
"pasaré a través de esta montaña y así veré si puedo pasar a través de las
entrañas del gigante". Fue capaz de pasar de un lado a otro de la montaña
Cuicuizacatlán. Llegado el momento, el niño indicó a su abuelo que se
escondiera para que lo llevaran a él en su lugar y que observara el cielo hacia
Cuernavaca: “Aparecerá una nube y si se conserva blanca indicará que estoy vivo
pero si se vuelve negra indicará que estoy muerto”. Los soldados se llevaron al
niño que iba recogiendo piedras diminutas de jade, cuchillitos pequeños muy
filudos. Le preguntaban para qué eran y contestaba: "para jugar".
Cuando lo vio el gigante dijo: "tú no
me satisfaces ni para un bocado"; así no lo hizo hervir como lo hacía
habitualmente con los ancianos y se lo tragó de un solo bocado. Y el niño se
metió vivo en el gigante. Cuidó mucho de que no lo mordiera al pasar. Una vez
dentro comenzó a cortarle al gigante los intestinos con sus piedritas filosas
de jade. Con el dolor el gigante pidió más alimento y mientras iban a buscarlo
el gigante murió y el niño salió de su estómago: encontraron al gigante
protector muerto y con el estómago abierto. Los soldados corrieron en
persecución del niño que había partido en dirección a Cuernavaca. Los abuelos,
viendo la nube blanca, se regocijaron porque el niño no había muerto. La
tradición de la vida de Tepozteco está plagada de hazañas heroicas, luego de
las cuales retorna a Tepoztlán. Trae un cofre que oculta el tesoro escondido y
reposa en su forma tallada en la montaña misma tepozteca. La leyenda no era
exactamente, hace quinientos años, a la llegada de los españoles, lo que fue en
los lejanos orígenes; pero había conservado muchos datos importantes. La
versión más moderna pretende hacer de la leyenda una historia posible. Olvida
que solamente los cuentos fabulosos, con hazañas imposibles, pueden llegar a
nosotros trasmitidos de boca a oreja, atravesando cientos de siglos, para
entregarnos su realidad mítica, “mucho más científica de lo que podían imaginar
los antropólogos del siglo XX”, nos asegura Fernando Benítez.
La
noche cae sobre Tepoztlán. Minuto a minuto el familiar Chalchi se convierte en
una sombra inerte que va cubriendo al tranquilo poblado. Sólo nos resta soñar
con la caverna iniciática que oculta el cerro en sus profundidades... la
aventura y la búsqueda continuarán por la ruta interior. Esta noche descansaré
en Las Cabañas, y me han dicho que ocuparé el mismo dormitorio en que durmió Pablo Neruda, quizás su hálito
profético de poeta aún permanece en los sitios donde reposó y tendré un sueño
plagado de imágenes que capaz me acerquen más al alma secreta de Tepoztlán.
Antes de dormir tomo mi pequeña piedra de jade verde con forma de corazón, está
siempre caliente a pesar de haber transcurrido muchos días desde que me fue
asignada, y entonces mi corazón de jade lo uno a mi propio corazón de hombre, y
así me duermo.(c)Waldemar Verdugo Fuentes
FUENTE: Artes e Historia-México
PAISAJE DE MÉXICO
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